WORKING WOMEN IN THE EARLY MODERN PERIOD/LA MUJER TRABAJADORA EN LA EDAD MODERNA
0. Introducción
Durante el Antiguo Régimen, siempre se ha tendido a asociar a la mujer con las labores del hogar, con lo privado; frente a su homólogo masculino, quien desarrollaba su trabajo fuera del ámbito familiar, en la esfera pública, desde los estudios universitarios hasta el trabajo en el taller artesanal. Figuras ilustres como Fray Luis de León, Fray Antonio de Guevara o el propio Erasmo de Rotterdam describieron en sus obras cómo había de ser esta ‘mujer ideal’:
“Las propiedades de la mujer casada son que tenga gravedad para salir fuera, cordura para gobernar la casa, paciencia para sufrir el marido, amor para criar los hijos, afabilidad con los vecinos, diligencia para guardar la hacienda, cumplida en cosas de honra, amiga de honesta compañía muy enemiga de liviandades de moza”. (Guevara, 1541, como se citó en Fernández Álvarez, 2002).
Pero, ¿hasta qué punto es esto cierto? ¿Todas las mujeres de verdad se quedaban en sus hogares para cumplir únicamente con estas labores propias de la ‘perfecta casada’?
1. ¿Existía el trabajo más allá del hogar? ¿En qué tipo de actividades abundaban las mujeres?
1.1. Las mujeres y el comercio en la Baja Edad Media y la Edad Moderna.
La historiografía tradicional tiende a colocar a la mujer dentro de una lista de oficios muy concretos y la mayoría de ellos relacionados con el ámbito doméstico, enumerando, del mismo modo, todas las restricciones que existían a la hora de acceder a oficios o espacios reservados, en un principio, a los hombres. Por tanto, en la mayoría de estas obras vamos a encontrar únicamente la mención de las actividades comerciales femeninas relacionadas con la venta al menudeo, regateo o a veces como ayuda subsidiaria en los negocios de sus padres o maridos. Se opinaba que era sólo cuando la mujer enviudaba que ella podía controlar su patrimonio, aunque generalmente lo hacía hasta que sus hijos pudieran encargarse del negocio (Martín Romera, 2009: 274). En todos estos casos, esta historiografía más tradicional parece relegar a la mujer a un segundo plano, siempre dependiente, siempre encapsulada en las labores domésticas y ‘propias de su sexo’ que autores como Fray Luis de León pretenden reflejar en sus obras: parece como si el estereotipo de la ‘perfecta casada’ hubiese condicionado incluso la forma de escribir historia, incluso dentro del propio marco de los estudios de género. Estudios como los de Mª Ángeles Martín Romera (2009: 275) desmienten dichas teorías tradicionales afirmando que, ya en la Baja Edad Media
no sólo hubo mujeres que, dentro de familias de mercaderes, aprendieron el oficio y lo ejercieron ocasionalmente, cuando la necesidad lo exigió y supeditadas a figuras masculinas. Por el contrario, algunas de ellas tomaron las riendas de negocios a título personal ejerciendo el oficio de mercader como lo habría hecho un varón de su familia o de su mismo grupo social. Y esto no sucedió tan sólo en situaciones de viudedad, e incluso cuando se trata de viudas, algunas actuaron de forma autónoma a pesar de contar con hijos mayores que habrían podido sustituirlas.
Es más, en la sociedad feudal castellana del siglo XV, el trabajo de las mujeres se desarrollaba tanto en la esfera pública como en la privada, demostrando que en la práctica, la teoría de dos esferas de actuación –pública y privada– estáticas pierde fuerza frente a una realidad mucho más dinámica: había labores que si bien se practicaban en el seno del hogar, tenían proyección hacia el exterior, como por ejemplo el trabajo en los talleres o tiendas y comercios familiares; del mismo modo que también existían trabajos realizados en lo público pero con referencia a lo privado, como el abastecimiento de agua o el lavado de paños (del Val Valdivieso, 2008: 74).
Duby y Perrot hablan ya de la existencia en la Edad Media de la participación femenina incluso en el ámbito del comercio a larga distancia, pero tampoco podemos perder de vista la importancia del comercio local y regional ni el comercio de lujo. Si bien en el registro documental no es nada común encontrar el adjetivo de mercader haciendo referencia a una mujer, en la práctica puede considerarse que, en efecto, existieron verdaderas mujeres mercaderes ya en la Baja Edad Media (Martín Romera, 2009: 281).
En el caso de Salamanca, durante la Edad Moderna encontramos el epicentro de la actividad mercantil y artesanal principalmente en la Plaza de San Martín. Aquí confluían las calles o caminos principales: la Calle del Concejo o camino de Zamora, la calle Herreros o camino de Toro, la Calle de la Rúa y la calle de Alabarderos (Salamanca en el Ayer, 2012).
| 1. Plaza de San Martín, Salamanca, hasta el S.XVI |
| 2. Plaza de San Martín, Salamanca, en los siglos XVII-XVIII |
Para analizar el grado de autonomía femenina que existía dentro de estas redes mercantiles es importante señalar que no todas las mujeres que pertenecían a familias de mercaderes ejercían como tal, ya que a pesar de las actividades de sus maridos o familiares varones, a veces quedaban relegadas al ámbito doméstico. Del mismo modo es necesario preguntarse, en el caso de que las mujeres tuviesen cierta autonomía dentro del campo público mercantil, hasta qué punto esta autonomía derivaba o no de un permiso implícito por parte de los integrantes masculinos del grupo (Martín Romera, 2009: 282). Asimismo:
Probablemente muchas de las mujeres que pertenecían a familias de mercaderes caminaban en el límite entre ayudar al esposo en los negocios y actuar con una libertad similar a la de éste disponiendo en ciertos temas comerciales. Es casi seguro que todas las mujeres que acabaron por dedicarse a actividades comerciales o financieras aprendieron a llevar esos asuntos a través de la convivencia con sus padres o maridos y la ayuda a estos (Martín Romera, 2009: 283).
Además, en la gran mayoría de casos, los varones solían partir al exterior para llevar a cabo las diferentes transacciones comerciales necesarias para mantener sus negocios, por lo que las mujeres de la familia y sus esposas debían entonces hacerse cargo de todo aquello que antes quedaba en manos de ellos. (Martín Romera, 2009: 283). Es cierto que tanto en la Baja Edad Media como en la Edad Moderna, el trabajo femenino tendía a desarrollarse en torno al eje familiar, deslizándose en muchas ocasiones hacia el espacio público, y ello no es exclusivo del sector mercantil (del Val Valdivieso, 2008: 72-73).
El papel de la mujer dentro del sector crediticio mercantil tuvo un importante peso en el desarrollo de estas actividades, destacando además como intermediaria en el marco de las relaciones comerciales formales e informales durante la Edad Moderna en toda Europa. En el período bajomedieval encontramos casos de mujeres que no sólo invirtieron únicamente en asuntos comerciales sino también en el sector de las finanzas, bien acudiendo al negocio de la usura o a través del arrendamiento de impuestos (Martín Romera, 2009: 289). Para poder administrar sus hogares, en ocasiones también pedían créditos, que luego también invertían en los negocios familiares o en sus compras. Ante el posible peligro de enviudar, era bastante común que también se ahorrase parte del dinero obtenido bien mediante su propio trabajo o por préstamos para poder mantenerse en caso de que el marido falleciera (Dermineur, 2018: 1-18).
1.2. El taller artesanal
| 3. Van Swanenburg, I. C. (1594-1596). Het spinnen, het scheren van de ketting, en het weven |
Hemos visto como la Plaza de San Martín acogía las principales actividades comerciales y también artesanales en la Salamanca moderna, por lo que no podemos perder tampoco de vista el papel femenino dentro de los gremios y el trabajo artesanal. Existe cierto consenso en que en España y en toda la Europa occidental, el rol de las mujeres no quedaba definido dentro de una economía fija y sometida a normas concretas, sino que abundaba la variedad, por lo que, en caso de que existiese cierta identidad laboral, esta era diferente a la de los hombres y variaba según el territorio (Rey Castelao, 2024, párr. 3). La cuestión de las diferencias entre el trabajo femenino y masculino se abordará en el siguiente apartado.
Regresando a los gremios, al igual que lo que ocurría con las comerciantes, las mujeres, además de dedicarse a las labores del hogar, muchas veces se veían involucradas en las tareas del negocio familiar ya fuese por ausencia de los varones o por necesidad de más mano de obra. También había ocasiones en las cuales, a la hora del matrimonio, era común que las doncellas de familias artesanas llevaran como dote las herramientas del propio oficio familiar, por ejemplo (del Val Valdivieso, 2008: 73). Al fin y al cabo, en palabras de Ofelia Rey Castelao (2024, párr. 9), “en muchos oficios, la formación era intrafamiliar, de modo que, si los padres querían, la de las mujeres pasaba desapercibida y no era punible”. La cuestión está en el grado de independencia que estas poseían. Es cierto que ya, desde la Baja Edad Media existía la concepción de que el taller, la tienda o las tierras de la familia “concernían laboralmente a buena parte o a la totalidad de los miembros del grupo familiar capaces de trabajar en ellos” (García Herrero, 2006: 21). Resulta esencial saber de esta noción de organización para comprender la formación de las mujeres que encontramos realizando labores artesanales que requerían una formación específica o participando en el negocio familiar: resulta muy complicado encontrarnos con una mujer en un contrato de aprendizaje justo por este motivo (García Herrero, 2006: 21). Por ende, dependemos casi exclusivamente de las menciones de las hermanas o esposas de los trabajadores de dicho taller en protocolos notariales u otro tipo de escrituras o fuentes similares.
| 4. La familia del carpintero |
Dentro del sector de la impresión, también contamos con algunos ejemplos de mujeres encabezando dicho negocio, aunque, de nuevo, en la mayoría de los casos se trataban de viudas o hijas que tomaban las riendas del negocio de manera temporal debido a la muerte del dueño y a la espera de que otro varón de la familia se hiciera cargo de la imprenta una vez cumpiese la mayoría de edad (Egoscozábal Carrasco & Robles Sánchez, 2012: 10). Este es el caso de Manuela Arenas (1709-1744), de Valladolid, viuda de José Rueda que heredó el título de Impresora de la Real Chancillería tras la muerte de su marido en 1708 (Biblioteca Nacional de España, 2015). En Salamanca contamos con el caso de María de Ureña, quien asumió la gestión de la imprenta familiar en Salamanca en 1581, tras la muerte de su esposo, Antonio de Lorenzana (Soto, 2021: párr. 3-4) Debido al carácter ocasional de dicha actividad, generalmente se ha tendido a ignorar la labor femenina dentro de este sector, pero es importante comprender que ello no quiere decir que estas mujeres carecieran de la experiencia necesaria para desempeñar dicho oficio (Egoscozábal Carrasco & Robles Sánchez, 2012: 10).
| 5. Pie de imprenta en el que figura el nombre de ‘Viuda de José Rueda’ en referencia a Manuela Arenas |
En Salamanca, contamos con abundantes evidencias de presencia femenina dentro del ámbito gremial ya en el siglo XVI. Es cierto que muchas de las nuevas fundaciones gremiales no dejaron escrituras fundacionales, sobre todo inicialmente. Este fue el caso de algunos libreros, como Beatriz Rodríguez y su marido, Juan Moreno. (Lorenzo Pinar, 2013: 285). El anterior ejemplo viene a indicarnos dos cuestiones: la primera, tal y como indica Franciso Javier Lorenzo Pinar (2013: 285) es que “muchos gremios nunca llegaron a formalizar su sociedad mediante un documento público”, circunstancia que se dio en otras zonas españolas a lo largo de toda la Edad Moderna; la segunda, es que se trata de un claro indicio de que las mujeres se veían implicadas en el contexto gremial no sólo como esposas, madres o hermanas sino también como ‘cofundadoras’ de la propia compañía.
| 6. Calle de los Libreros, Salamanca |
En las fuentes se conservan muchos nombres de matrimonios que encabezaban dicho taller o compañía, siendo otro ejemplo María de Palencia y su marido, el cordonero Lázaro Hernández. Este caso es especialmente interesante porque en su historia vemos involucrada a otra mujer más: Catalina Hernández, quien otorgó al matrimonio 835 reales para que los empleasen en el trato de cordonería. Cada cuatro meses, María y Lázaro debían efectuar cuentas con Catalina, pero si esta última decidía invertir su dinero en otras cuestiones de su elección y dejar de aportar dinero a la compañía, ambos estarían obligados a darle cuenta y pagárselo al contado. Se trata de un caso excepcional donde el socio capitalista tenía la capacidad de retirar su capital monetario en el momento deseado y por tanto, dar por disuelta la compañía (Lorenzo Pinar, 2013: 304).
Enlazado con el desarrollo de este proto-capitalismo y su posterior evolución al sistema capitalista contemporáneo, podría decirse que las estructuras gremiales comenzaron a cambiar sobre todo en el siglo XVIII, en especial durante la segunda mitad del mismo. En cuanto a la situación de la mujer, hemos de recordar que:
Lo cierto es que la situación de los gremios derivaba de sus propias contradicciones, ya que si, por un lado, pretendían defender sus privilegios y exenciones revisando sus estatutos y reforzando las normas de acceso, por otro, la realidad los superaba y sus componentes hacían muchas cosas que ellos mismos se habían comprometido a no hacer. Esa es una de las claves para entender la situación de las mujeres en la segunda mitad del xviii, ya que los agremiados tenían esposas e hijas a través de las cuales eludían muchas normas, de modo que, si estas habían tendido a endurecerse entre 1580 y 1620, en el siglo xviii es comprobable su suavización práctica. (Rey Castelao, 2024, párr. 4).
En el siglo XVIII la gran mayoría de los gremios, al igual que en los siglos anteriores, se encontraban en núcleos urbanos, y recordemos que todavía en estos momentos la mayoría de la población vivía en entornos rurales. A finales de la Edad Moderna, el sistema gremial convivía con otras fórmulas laborales nuevas en las que el número de mujeres era bastante elevado. Sectores como el textil fueron los primeros en experimentar estos cambios, ya que el capital mercantil fue poco a poco sometiendo a los gremios de artesanos textiles.
1.2.1. Las mujeres y el trabajo textil en la Edad Moderna.
En zonas como Madrid, la confección de ropa y su influencia afectaba a muchas de las mujeres de la zona. Recordemos a la ‘perfecta casada’ de Fray Luis de León: justo el sector en el que más abunda la mano de obra femenina es en el textil, derivando de esta mentalidad en la que la mujer debía ocuparse de labores ‘propias de su sexo’ como coser o tejer; es decir, labores justo relacionadas con el trabajo textil (Rey Castelao, 2024, párr. 3). Muchas de las fases del proceso de producción de paños se llevaban a cabo en el ámbito rural ya que la mano de obra a bajo precio para fases como el hilado, curtido o tintado era generalmente abundante. Con el desarrollo de un nuevo urbanismo cada vez más similar al contemporáneo, veremos cómo este tipo de actividades se irán concentrando poco a poco en las ciudades, anunciando ya la Revolución Industrial del S.XIX. El papel de la mujer en este campo es muy significativo, ya que fue justo el sector textil el que tuvo en el campo un espacio idóneo por su desarrollo, no tanto por las fibras producidas, sino porque justo esta mano de obra barata que se ha comentado con anterioridad venía a significar una amplia disponibilidad de fuerza de trabajo femenina e infantil (Rey Castelao, 2024, párr. 8).
A pesar de las regulaciones gremiales, debido a esta cuestión ya mencionada de la formación intrafamiliar, la fabricación de paños era más sencilla de disimular, ya que su aprendizaje podía realizarse dentro de las casas, de modo que las mujeres de estos grupos domésticos encontraban en la fabricación de paños un complemento a sus economías, llegando a trabajar por encargo para otros maestros. En Barcelona en 1745 y 1756 hubo denuncias contra maestros gremiales que se dedicaban a dar trabajo a sus propias criadas o a otras mujeres, llegándose a prohibir en 1764 este recurso por la Audiencia en caso de contar con mancebos capacitados para llevar a cabo dicha actividad. Y es que la mano de obra femenina tuvo un especial protagonismo dentro de los campos de comercio o producción ilegal, participando en una suerte de economía sumergida tanto dentro de los gremios como en el sector del comercio (Rey Castelao, 2024, párr. 9).
1.3. Reflexión: el trabajo doméstico y la desigualdad de sueldos.
El arquetipo de la mujer medieval cuenta con una serie de obligaciones, que en línea con la ‘perfecta casada’ moderna, abarcan cuestiones como el mantenimiento de la familia, y por tanto, en caso de que fuese necesario, ayudar al marido. Pero había casos en los que la manutención de la familia quedaba asegurada, sobre todo dentro de las familias más acomodadas, que podían permitirse contar con criadas y nodrizas, por ejemplo, de las cuales hablaremos más adelante. Es en estos casos en los que la mujer podía elegir participar en el ámbito de lo público de forma voluntaria y no por necesidad, lo que equivalía a un menoscabo de la honra (Martín Romera, 2009: 283). Es justamente por este motivo por el que encontramos más mujeres trabajadoras dentro de los sectores más humildes de la población: cuando es necesario mantener a una familia, es necesaria, al fin y al cabo, la mayor cantidad de mano de obra posible, relegando las cuestiones de sexo u honra a un nivel inferior. Estas dinámicas y mentalidades se prolongarán durante los siglos XVI-XVIII. No obstante, no debemos olvidar que las diferencias entre hombres y mujeres siempre existieron, incluso dentro de los sectores más pobres de la sociedad. Durante toda la Edad Moderna y hasta hace no mucho tiempo, las mujeres recibían un sueldo menor que el de sus homólogos masculinos, a pesar de que ellas se encargaban no sólo de las tareas domésticas sino también, como hemos podido ver, de ayudar en el negocio o taller familiar. Entonces, si en muchas ocasiones las mujeres trabajaban más, ¿por qué se les pagaba menos?
La historiografía marxista afirma que sin el trabajo doméstico, los trabajadores no podían reproducirse; y sin trabajadores, el capital tampoco podía reproducirse (López Barahona, 2020: 27). Asimismo, la peculiaridad del trabajo doméstico radican en que produce valores de uso y no de cambio, por lo cual no está ni regido por la ley del valor y además se trata de un trabajo improductivo para lo que vendría a ser el capital, porque no extrae plusvalía directamente de él, aunque esta le es indispensable para obtener su mercancía esencial (López Barahona, 2020: 31). Y es que,
En los primeros escritos de los economistas políticos hallamos ya claramente definida una frontera ideológica que dejaba fuera del mapa de la economía toda producción que no fuera mercantilizable. Al mismo tiempo aparece plenamente asentada la idea del rol del varón como «ganador del pan». Adam Smith consideraba que el salario de éste iba dirigido a la «subsistencia familiar», mientras que el de las mujeres era un coste de reproducción estrictamente individual (López Barahona, 2020: 31-32).
Por tanto, el trabajo doméstico, llevado a cabo casi en su totalidad por las mujeres, no era remunerado. Del mismo modo, Adam Smith consideraba el trabajo femenino como subsidiario, por lo que la mano de obra femenina era más barata que la masculina en este sentido: las mujeres no “debían” ser las principales sustentadoras de la familia. Aunque la realidad difiere bastante de la teoría. Son muchos los ejemplos que se pueden utilizar para afirmar que el trabajo de la mujer sí que tuvo relevancia en el panorama de la Edad Moderna: por ejemplo, si el marido sufría algún tipo de accidente que le impidiera trabajar durante un tiempo, el salario que ganaba la mujer se volvía fundamental. El caso de las viudas también resulta relevante, pues debían mantener sus hogares y a sus familias, aunque es cierto que en muchas ocasiones tenían que enviar a sus hijos a los hospicios ya que no podían mantenerlos (López Barahona, 2020: 32). Es justo en los hospicios o casas de expósitos donde el trabajo femenino, otra vez, volvía a cobrar relevancia.
1.4. Nodrizas en las casas de expósitos en la Edad Moderna
Las inclusas o casas de expósitos eran instituciones que se encargaban de acoger a niñas y niños huérfanos, que además de protección, se les solía proporcionar cierta formación para que lograsen encontrar un trabajo que les permitiera sobrevivir por sí mismos una vez superada la infancia. En algunos casos dentro del sector masculino, los jóvenes acudirían incluso a la universidad pero lo más común era entrar a trabajar dentro del taller de algún maestro artesano. En el caso salmantino, el Colegio de San Antonio o Colegio de Carvajal fue un importante colegio de huérfanos, en este caso varones. Directamente relacionado con la existencia de estas instituciones se encuentra el trabajo de las nodrizas: resulta lógico que especialmente en estos lugares donde los niños, muchas veces bebés no tenían madre que les amamantasen, se contratase a mujeres, generalmente originarias de ámbitos rurales para llevar a cabo dicha labor. En comparación con otros territorios como León o Zamora, la inclusa de Salamanca es la que presenta un mayor número de nodrizas externas (Amigo Vázquez y Hernández García, 2021: 242). El caso salmantino es particular ya que, en 1700 el porcentaje de nodrizas rurales fue del 44% frente a otras zonas donde la gran mayoría de nodrizas eran mujeres de origen rural. Asimismo, ya en 1860 las nodrizas rurales de Salamanca venían a suponer un 94% del total (Amigo Vázquez y Hernández García, 2021: 245).
2. ¿Había mujeres trabajando en la Universidad de Salamanca? ¿Cómo era la vida de las mujeres trabajadoras en la Edad Moderna?
2.1. ‘Enfermeras’ y el Hospital del Estudio de Salamanca.
Durante la Edad Moderna, algunos hospitales castellanos desarrollaron eficazmente la enfermería femenina y su prestigio logró atraer a mujeres de diferentes procedencias sociales: desde hidalgas y viudas hasta solteras o pobres. Estas jóvenes solían ser entregadas generalmente por sus padres o las instituciones de expósitos para su preparación en el oficio del cuidado, para luego conseguir un salario y en consecuencia, una dote que le permitiese entrar dignamente al matrimonio. No obstante, algunas mujeres también trabajaban en estas instituciones por motivos espirituales (Rivasplata Varillas, 2014: 121). Asimismo, en línea con el trabajo de las nodrizas y amas de cría, en los hospitales de la Edad Moderna también trabajaban mujeres que criaban en forma temporal a los niños y niñas de las enfermas (Rivasplata Varillas, 2014: 136). Las enfermas, no obstante, tenían que pagar su manutención También, las enfermas que tenían obligación de pagar su manutención en el hospital en muchas ocasiones (Rivasplata Varillas, 2014: 310). Una situación similar se dio en el caso salmantino, dentro del contexto del Hospital del Estudio de la Universidad de Salamanca, aunque el ámbito de actuación de este se restringía al del estudiantado de la universidad.
El Hospital del Estudio de Salamanca, fundado en 1413 con una función inicial de albergue para los necesitados, tanto sanos como enfermos. En 1529 se redactaron los primeros estatutos del Hospital del Estudio, donde se limita la función del edificio en el contexto asistencial y sanitario, aunque es cierto que nunca llegó a perder del todo su esencia caritativa y benéfica (Merino Laguna, s. f.).
| 7. Fachada del antiguo Hospital del Estudio en Salamanca |
| 8. Adaptado de un grabado en madera del siglo XVI de una Sala del Hôtel-Dieu en París |
Además de los cuidados de enfermeras y médicos, los enfermos de los hospitales en la Edad Moderna, al igual que en la actualidad, necesitaban de alguien que les proporcionara alimento durante su estancia. Aquí es donde el rol fundamental y muchas veces olvidado de las cocineras entra en juego.
2.2. Cocineras, panaderas y proveedoras en los Colegios Mayores.
El mundo moderno heredó del medievo los grandes hospitales episcopales y monacales, que vivieron su apogeo entre los siglos XII y XV, además de otros tantos más pequeños creados por cofradías o incluso particulares. En este último caso la capacidad económica de quienes lo fundaron influía notablemente en la calidad y cantidad de alimentación otorgada a los enfermos (Rivasplata Varillas, 2014: 310). Las costumbres hospitalarias occidentales provenían, en gran parte, de la rutina impuesta en estos hospitales monásticos medievales. Dentro de las costumbres, como el ritual del acto de comer y la existencia de cocinas separadas, unas para preparar el alimento para enfermos, otras para los trabajadores legos y otras para los eclesiásticos (Rivasplata Varillas, 2014: 310). La alimentación en los hospitales de la Edad moderna tenía un carácter regenerativo y curativo, que difería del de la alimentación de los no enfermos, tanto de la más popular como de la más privilegiada. Los hospitales españoles se caracterizaban por tener una importante base de carnes, como la de gallina o la de carnero; proteínas finas y calorías caras, lo que les diferenciaba de otros hospitales europeos. Además, el pan de trigo se elaboraba dentro de las propias cocinas del hospital y el número de mujeres panaderas y cocineras en este tipo de instituciones era muy elevado (Rivasplata Varillas, 2014: 310). Dentro de las cocinas de los hospitales de la Edad Moderna, las cocineras además contaban con una jefa de cocina y dependiendo de la autoridad y del carácter de dicho hospital, la jefa de cocina debía comunicar en algunos casos la madre mayor o el cura semanero en otros, la cantidad exacta de alimentos que iban a necesitar para que el despensero se encargase de comprarlos (Rivasplata Varillas, 2014: 314).
Una situación similar ocurre en el contexto de las cocinas y cocineras en Colegios Mayores durante la Edad Moderna en Salamanca. En dicho período, la ciudad contaba con cuatro Colegios Mayores: San Bartolomé, Cuenca, Santiago y Salvador. Todos ellos contaban con instalaciones propias para la manutención de los colegiales. Del mismo modo, los colegiales necesitaban de las cocineras, que elaboraban también el pan y los diferentes platos que se iban a consumir cada día.
Se solían abastecer mediante la compra directa de alimentos en mercados locales, lo que justo nos lleva al comienzo de este relato sobre la mujer trabajadora en la Salamanca moderna: las mujeres comerciantes y mercaderes. Como hemos podido comprobar, las mujeres tenían un importante papel dentro de la sociedad de la Salamanca de los siglos XVI, XVII y XVIII que iba más allá del trabajo doméstico: el cuidado de enfermos, la elaboración de pan y alimento en instituciones públicas, el comercio, el trabajo textil, y también, el trabajo en los gremios y en ocasiones, hemos podido verlas incluso a la cabeza de los negocios.
El trabajo femenino no se restringía únicamente al cuidado de sus hijos y a las tareas del hogar. La mayoría de las mujeres de familias de artesanos, campesinos y, en resumen, humildes, tenían una vida más allá de la esfera doméstica. Esta teoría del mundo masculino y el mundo femenino como dos esferas, lo público y lo privado, completamente separadas parece manifestarse de forma distinta en la práctica: los seres humanos, en la práctica, suelen establecer relaciones entre sí que van más allá. Estudiar a la mujer únicamente de forma aislada también sería un error (Scott, 1986: 63). Son las interrelaciones entre los distintos individuos las que construyen el mundo en el que vivimos, y lo mismo ocurría en la Salamanca moderna. Sí, el trabajo doméstico existía y era parte del día a día de la gran mayoría de mujeres durante la edad moderna, pero no olvidemos que este solía compaginarse con otras labores pertenecientes a la esfera pública. Puede que muchas de estas mujeres trabajadoras también encajasen en el prototipo de la Perfecta Casada de Fray Luis de León, pero en la mayoría de los casos su vida no se restringía únicamente al cuidado del hogar.
2.3. Un día en la vida de una criada en la Salamanca del siglo XVII.
Catalina Herrera presentó en 1607 al Teniente Corregidor de Salamanca una declaración sobre su anterior amo, Pedro González, por abuso sexual. No es casual que una de las situaciones más frecuentes llevadas ante notarios y tribunales por las sirvientas salmantinas fuesen delitos de índole sexual, la inmensa mayoría relacionadas con estupros os intentos de violación protagonizados en ocasiones por sus amos (Lorenzo Pinar, 2009: 276-278). Dentro del ambiente doméstico, solían ser los hijos varones de la familia los que más cometían estos delitos frente a su padre, comenta Manuel Fernández Álvarez (2010). Si bien existe cierto consenso en relación a la frecuencia y cantidad de esta clase de delitos, hay que tener en cuenta que, tal y como indica Francisco Javier Lorenzo Pinar,
resulta complicado cuantificar este tipo de situación ante los posibles silencios de las víctimas. Los estudios al respecto subrayan el aprovechamiento de los amos de las fragilidades de sus criadas y apuntan que la explotación sexual de éstas por parte quienes las contrataban fue norma en España, sin indicar a menudo el alcance de la práctica (2009: 276-278).
Si bien estas situaciones formaban parte de la cotidianidad de estas mujeres, sus historias no se reducen únicamente a ello. Generalmente, las criadas solían ser muchachas jóvenes que iban a trabajar por primera vez, en muchas ocasiones enviadas por sus progenitores. Había ocasiones en las que su trabajo como criada se volvía permanente y existen casos de mujeres que realizaron este tipo de trabajo hasta su muerte, permaneciendo solteras durante toda su vida. El estigma social que acarreaba esta soltería (Fernández Álvarez, 2010), es muchas veces ignorado pero relevante si queremos entender en profundidad cómo ello podía afectar a la propia psicología de la criada. Otra opción era casarse, aunque a veces el matrimonio no significaba que estas mujeres dejaran de servir en la casa de sus amos tras casarse, sobre todo en contextos donde apremiaba la necesidad de sobrevivir, bien por crisis o por pobreza. Muchas nodrizas son un claro ejemplo de esta situación. En cuanto a las viudas, nos encontramos con un panorama similar, ya que muchas veces, tras la muerte del marido, observamos como muchas de ellas recurren a este tipo de trabajos para poder seguir manteniendo sus hogares de alguna manera. Las condiciones de vida eran en muchas ocasiones difíciles, pero el servicio era muchas veces la única opción. La mayoría de las tareas llevadas a cabo por estas mujeres vuelven a remitirnos a la Perfecta Casada: lavar, planchar, cocinar, coser o el cuidado de los más pequeños.
Es por ello por lo que abundan los anuncios de mujeres ofreciéndose a trabajar como criadas, o bien de sus familias en su nombre; pero también contamos con cantidad de anuncios de personas de todo tipo, desde jóvenes solteros hasta amas de casa solicitando los servicios de una criada doméstica. A continuación se ofrecen una serie de ejemplos sacados de un periódico madrileño en el que se ilustra a la perfección cómo funcionaba la oferta y la demanda de dicho servicio.
| 9. Chardin, J.-S. (ca. 1738). Regreso del mercado |
2.3.1. El trabajo femenino a través de los anuncios clasificados en la prensa madrileña del siglo XVIII: Diario noticioso, curioso, erudito y comercial público y económico (futuro Diario de Madrid)
Utilizar la prensa como fuente primaria a la hora de estudiar a las mujeres trabajadoras puede resultar muy útil para comprender cómo era el día a día de cada una de ellas. Es también una ventana a la cotidianidad de la sociedad del momento. Los ejemplos que se muestran a continuación pertenecen a los anuncios clasificados de 1758 presentes en el periódico denominado Diario noticioso, curioso, erudito y comercial público y económico, el cual se convertiría en el futuro Diario de Madrid. Los ejemplos en la capital son más abundantes, pero no por ello son inexistentes en el resto de ciudades españolas. Salamanca no fue una excepción, y aunque todos los fragmentos pertenecen a la ciudad de Madrid, las mujeres trabajadoras de nuestra ciudad también se vieron en situaciones muy similares a las mostradas a continuación.
| 10. Anuncio clasificado nº1 del Diario noticioso, curioso, erudito y comercial público y económico. (4 de febrero de 1758). n.º 1 |
| 11. Anuncio clasificado nº2 del Diario noticioso, curioso, erudito y comercial público y económico. (4 de febrero de 1758). n.º 1 |
A continuación, se muestran más ejemplos de dichos anuncios clasificados:
4/2/1758
Un sujeto de circunstancias necesita una criada que sepa guisar y aplanchar bien, y si puede ser algo de coser. Vive en la calle de las Infantas, quarto principal, frente a la casa del Señor Marqués de Camarena, baxando por la Plazuela de los Capuchinos de la Paciencia.
Una Doncella de fuera de esta Corte, hija de padres distinguidos, desea colocarse por primera vez en la casa ded algún señor de título, garnacha, etc. Sabe aplanchar muy bien, coser de lo mejor, y algunos principios de peynar: reside en la calle del Pez, en un quarto baxo, frente de la pruerta principal del Excmo. Señor Marqués de Belgida.
Una muger recién venida a esta Corte y natural de la Villa de Sonseca, viuda, de edad de 27 años, solicita acomodarse por ama para criar algún niño dentro de casa. Asiste en la calle de Toledo, cerca de los Registros, en la casa de Juan Gutiérrez Lanero, que vive en le passadizo que sale a la calle de la Paloma.
Una muger de 37 años, desea acomodarse por Muger de govierno o por Ama de un señor Sacerdote: sabe aplanchar bien y cose, y para una falta también sabe guisar. Vive en la calle de Hortaleza, la casa antes de llegar [a una] vandera de Infantería, quarto principal.
1/2/1758
Otra señora viuda y de prendas no comunes necesita una criada de edad de 30 a 40 años que sepa aplanchar y guisar, pues se la dispensará el coser: vive en la calle Real de San Bernardino, esquina de la calle del Limón, quarto baxo, frente de la casa del señor Marqués del Campo de Villar.
Una criada solicita acomodarse: saber coser muy bien y aplanchar (y yo creo que también sabrá componer un puchero) expressa en la esquela se acomodará también con un señor Sacerdote o como cualquiera otro hombre solo. Darán razón e informarán de ella en la calle de las Beatas, casa nuevas que llaman de la Plomera, quarto baxo.
15/2/1758
En la calle del Relox, Varrio de San Francisco, a espaldas de la Plazuela de la Cebada, frente de un Quadro de la Concepción, quarto principal, buscan dos criadas: una para coser, aplanchar y guisar; y la otra, que sea muchacha, para llevar un niño.
13/2/1758
En la calle de San Ildefonso, frente al Passadizo de la Atocha, y de las accesorias del Excelentísimo Señor Marqués de Mortara, vive una moza de 25 años, gallega. Ella solicita acomodarse en casa de algún señor, para criar un niño de pecho.
Una muger casada y con dos hijos, residente en la Villa de Torrejón de Belasco, solicita acomodarse por ama para criar algún niño en la misma casa de sus padres o en su Lugar. Darán razón de ella en el passadizo que está frente de la Enfermería de S.Francisco y por más señas, preguntarán por Francisco Ponze de León.
2.3.2. El trabajo femenino a través de los anuncios clasificados en la prensa salmantina del siglo XIX: Semanario de avisos.
Más adelante, también podemos encontrar ejemplos en la ciudad de Salamanca, aunque abundan menos que en la capital ya que, en muchas ocasiones, no era necesario anunciarse, pues los habitantes de la ciudad ya sabían a quién dirigirse en caso de necesitar una criada o nodriza para su hogar y viceversa. A continuación se muestra un ejemplo adicional en línea con los del anterior apartado:
| 12. Anuncio clasificado del Semanario de avisos (4 de febrero de 1845). n.º 16 |
23/02/1845
Se desea una criada que esté instruida en guisar, planchar y coser medianamente; y en esta redacción se dará razón.
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CRÉDITOS DE LAS IMÁGENES
Imagen 1: Plaza de San Martín, Salamanca, hasta el S.XVI. Salamanca en el Ayer. (2012, 11 de septiembre). Plaza del Mercado.
https://www.salamancaenelayer.com/2012/09/plaza-del-mercado.html
Imagen 2: Plaza de San Martín, Salamanca, en los siglos XVII-XVIII Salamanca en el Ayer. (2012, 11 de septiembre). Plaza del Mercado. https://www.salamancaenelayer.com/2012/09/plaza-del-mercado.html
Imagen 3: Van Swanenburg, I. C. (1594-1596). Het spinnen, het scheren van de ketting, en het weven [Pintura]. Wikipedia. En wikipedia.org.van_Swanenburg-_Het_spinnen,_het_scheren_van_de_ketting,_en_het_weven.JPG
Imagen 4: Bourdichon, J. (finales del siglo XV). La familia del carpintero [Miniatura]. Tomado de "Ensambladores y entalladores en Salamanca a fines del siglo XVI. Ordenanzas para su oficio", por A. Rebollar Antúnez, 2016, Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, (51), p. 19.
Imagen 5: Biblioteca Nacional de España. (2015). Pie de imprenta en el que figura el nombre de ‘Viuda de José Rueda’ en referencia a Manuela Arenas [Imagen]. Biblioteca Nacional de España. www.bne.es
Imagen 6: Tamayo, J. M. (2013). Calle de los Libreros en Salamanca [Fotografía]. Wikimedia Commons. commons.wikimedia.org
Imagen 7: Tomado de Salamanca universidad Hospital del Estudio [Fotografía], por M. Pellegrini, 2012, Wikimedia Commons. commons.wikimedia.org
Imagen 8: Adaptado de [Grabado en madera del siglo XVI de una Sala del Hôtel-Dieu en París], por Areandina, 2018, Blogs Areandina (https://www.areandina.edu.co/blogs/proposito-del-dia-de-la-enfermeria-que-celebramos)
Imagen 9: Chardin, J.-S. (ca. 1738). Regreso del mercado [Pintura]. National Gallery of Canada, Ottawa, Canadá
Imagen 10: Diario noticioso, curioso, erudito y comercial público y económico. (4 de febrero de 1758). n.º 1 [Imagen]. [Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España].https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=23f1baa6-0a35-431b-8911-b54241568793&page=4
Imagen 11: Diario noticioso, curioso, erudito y comercial público y económico. (4 de febrero de 1758). n.º 1 [Imagen]. [Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España].https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=23f1baa6-0a35-431b-8911-b54241568793&page=4
Imagen 12: Semanario de avisos (4 de febrero de 1845). n.º 16 [Imagen]. [Biblioteca Virtual de Prensa Histórica]. https://prensahistorica.mcu.es/es/consulta/registro.do?id=10005017343
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